21 de marzo de 2006

Poesías

La Puerta


No llames a mi puerta...
Ni tú, ni nadie,

Rózala apenas con la mano
y verás como se abre.

No te gastes los poros golpeando,
¡entra!

De noche o de mañana,
con el sol madurándote los sueños
o la lluvia regándote la cara,
con tu mano de escarcha y tus zapatos
de hojas amarillas y cansadas...

Entra.

Solo o con el mundo.

Entra.

La puerta estará abierta.

Y verás que no tiene cerraduras
ni candados maniatando la esperanza
y verás la mesa siempre puesta
en la comunión del hombre y de la raza.

No llames a mi puerta.

Ni tú ni nadie.

Si te inclinas un poco en los umbrales
verás mil huellas diferentes,
reconocerás el signo de tu hermano
y una luz de igualdad
en cada frente.

¡Entra!
Y siéntate a mi lado.
Y reparte el pan sobre la mesa.
Al mendigo ponle dos tajadas,
porque su hambre es vieja,
como tierra.
Al anciano tiéndele la miga
y a los dientes, la corteza.
Al enfermo prepárale el bocado
y sostén con tus manos
su cabeza.
Al miño llénale de panes
porque su carne es joven
y hambrienta.

Al moribundo entrégale tu pecho
para que escape la angustia
de sus venas.
Al pobre ponle las tajadas que no tuvo en su vida
sin estrellas
y alrico también un grueso trozo
para que te reemplace
mañana
en esta mesa.
Y no temas que el cesto se vacíe.
Corte y entrega la merienda,
y verás hacerce nuevos panes
de las migajas perdidas en la mesa,
porque si el hombre pregunta por el hombre
se levanta el canto de las eras.
No llames a mi puerta...
¡Rózala apenas en la mano
y la sabrás abierta!

Aolfina Mondín

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Soy del torito de mataderoS